El anhelo es nostalgia por lo que no ha sucedido. Siempre caminamos por este existir hablando de lo que deseamos y que tipo de encuentros queremos; ¡vaya pues!, buscamos descubrir lo que estamos seguros que va a modificar nuestro destino, y en esa espera el cansancio llega, el aburrimiento nos acompaña, y la angustia de cómo empezar nos quita claridad y solo nos dedicamos a postergar.

En un lugar rodeado de árboles y jardines, muchos años atrás un hombre joven se sentó a descansar; tenía mucho tiempo exhausto, no sabía qué hacer y tampoco sabía si la vida alguna vez lo tomaría en cuenta. Ideas confusas que lo desconcentraban y perturbaban su inteligencia y capacidad.

Ese joven abrió un periódico, comía el llamado refrigerio y leía noticias que se borrarían de su memoria, y de repente encontró un anuncio publicitario; un espacio pequeño del cual solo recuerdo lo que decía en unas grandes letras negras y gruesas: Centro Universitario de Teatro, Carrera de Dirección de Escena.

Después de ver el anuncio por casi cinco minutos en silencio, sin saber porque me llamo la atención, solo recuerdo una acción: cerré el periódico y en voz baja dije, mañana voy a ese lugar. Aun ahora no puedo explicarlo, pero ese día al entrar a ese espacio sentí algo adentro de mí que me aconsejaba que dejara todo y dedicara mi energía a eso. Había encontrado la energía vital para existir y yo no lo sabía en ese momento.

El anhelo es nostalgia por lo que no ha sucedido. Siempre caminamos por este existir hablando de lo que deseamos y que tipo de encuentros queremos; ¡vaya pues!, buscamos descubrir lo que estamos seguros que va a modificar nuestro destino, y en esa espera el cansancio llega, el aburrimiento nos acompaña, y la angustia de cómo empezar nos quita claridad y solo nos dedicamos a postergar.

En un lugar rodeado de árboles y jardines, muchos años atrás un hombre joven se sentó a descansar; tenía mucho tiempo exhausto, no sabía qué hacer y tampoco sabía si la vida alguna vez lo tomaría en cuenta. Ideas confusas que lo desconcentraban y perturbaban su inteligencia y capacidad.

Ese joven abrió un periódico, comía el llamado refrigerio y leía noticias que se borrarían de su memoria, y de repente encontró un anuncio publicitario; un espacio pequeño del cual solo recuerdo lo que decía en unas grandes letras negras y gruesas: Centro Universitario de Teatro, Carrera de Dirección de Escena.

Después de ver el anuncio por casi cinco minutos en silencio, sin saber porque me llamo la atención, solo recuerdo una acción: cerré el periódico y en voz baja dije, mañana voy a ese lugar. Aun ahora no puedo explicarlo, pero ese día al entrar a ese espacio sentí algo adentro de mí que me aconsejaba que dejara todo y dedicara mi energía a eso. Había encontrado la energía vital para existir y yo no lo sabía en ese momento.

La vida cambió en un espacio de horas. Y si me preguntan ahora cuarenta años después, porque hice ese cambio, la razón que me movió, solo puedo contestar que no lo sé, pero me atreví. 

Hasta que recordé algo que llamó actos heroicos, aquellas cosas que pareciera marcan un destino y lo transforman. Uno puede llegar a entender y aprender, pero en muchas ocasiones uno no es consciente de la trascendencia que algunas cosas tienen sobre nuestra vida.

Tenía nueve años, y estaba recién llegado de Mazatlán, Sinaloa. Por razones de cambio vertiginoso y tener la primera mudanza del espíritu, en 1964, tuve que esperar cinco meses largos para entrar a la escuela primaria.

Solo me acompañaba un guante de béisbol y una pelota que llegué a tirar miles de veces contra una pared que escogí. Creo que los vecinos tuvieron una enorme paciencia, pero un día una señora española me gritó desde un balcón en el primer piso de un edificio: ¿Crío, me puedes ayudar? El trabajo solicitado fue caminar a la oficina de correos, comprar estampillas y enviar una carta a España.

Siguieron estos favores, la señora y yo nos volvimos conocidos y después amigos, así lo sentía yo. El pago de la señora por los mandados era limonada, pastel en ocasiones y platica en su cocina. Pero mi curiosidad también se dirigía a un señor imponente que, sentado frente a un escritorio, o en un sillón en ocasiones estudiaba, leía y escribía.

Que importante es la personalidad, siempre lo he pensado, aquel señor era alguien que llamaba la atención. La curiosidad, esa característica bella de aquel que quiera contar muchas historias, me obligó a atreverme a preguntar quién era ese hombre al fondo del departamento. Nunca olvidaré como se le transformo el rostro y su respuesta fue contundente:

 “Ah, ese ahí sentado es un gran poeta. Es mi hermano. Es León Felipe”.

Me bombardeó con preguntas de todo tipo y llegó el gran momento que entendí cuarenta años después. León Felipe me preguntó si me gustaba leer y tomó un libro y escribió en la primera página: “Para el niño que algún día repetirá estos versos”. En ese momento sentí algo en mi pecho, algo que me hizo sentir que me quitaba el aire.

Estaba en un salón de clases tomando mi primera sesión sobre dirección de escena y a los veinte minutos después de las nueve de la mañana, el corazón y el pecho me retumbaban. Era la misma sensación que yo había sentido en casa de aquel poeta. El niño volvió a aparecer y me dije a mi mismo en silencio y en mi memoria: De esto voy a vivir, y voy a vivir muchos años.

Yo había dejado todo lo que hacía y cambié al arte sin saber porque, pero ese día me lo contesté; recordé y sentí eso que solo he vuelto a sentir una sola vez más en mi vida.

Todo lo que sientes, toda bondad, nace de lo mucho que recordemos y de lo mucho que amemos al ser humano, a lo humano. Nada en este vivir queda suelto, todo decir y hacer tiene una consecuencia y una utilidad, solo debemos valorar cada una de nuestras decisiones.

Una forma de vivir:

Comprometerse con la idea de servir para que otros encuentren lo que han deseado pero no han sabido reconocerlo

Algunos Datos Importantes

0Años
En la enseñanza profesional.
0Años
Como asesor en comunicación.
0Años
De experiencia como director de escena en teatro televisión y cine.

Asesorías

La suma de todos los esfuerzos es nuestra energía vital.

Seminarios

Intercambiar conocimientos es la motivación rectora de nuestro deseo de crecer.

Conferencias

Conversaciones que nos provocan entender que hablamos y somos siempre para los otros.